En este mundo
donde el sol ilumina ídolos
que no merecen ni su sombra,
esperando que el mar barra su barro,
los que no tenemos voz
cantamos una canción.
domingo, 13 de febrero de 2011
martes, 1 de febrero de 2011
De camareras, amor, y bolsillos
Encontré el amor en una taza de café una mañana de enero. El paciente de las once había llamado diciendo que no podía asistir y como fueran ya las diez y media, decidí no adelantar ninguna cita y tomarme esa hora libre, sin más motivo que la simple apetencia del singular aroma que desprendía la cafetería a la que acudía cada vez que, tal y como había ocurrido ese día, se me caía algún paciente, que si bien no era la más cercana a mi consulta, la camarera que atendía lucía un escote casi tan desbordante como su sonrisa, que parecía hacer un hercúleo y continuo esfuerzo para contener todos los dientes dentro de la boca, y aquello me excitaba de una manera tal que siempre que tenía la ocasión me escapaba para oírla decir aquella frase que me acompañaba en mi cabeza durante el resto de la jornada, "bienvenido a Starbucks, ¿qué desea?", aunque para ello perdiera algo más de diez minutos a la ida y otro tanto para volver.
Reconozco que no me desanimó demasiado no encontrarla allí cuando entré, y aunque al principio estuve a punto de entregarme a uno de mis recurrentes ataques de pánico, causado por la intranquilizadora idea de no encontrar el nexo entre la cafetería (la realidad) y mi yo más profundo, el yo consumidor de café, no el Juanjo psiquiatra, sino el yo Hyde, el interno, el yo paciente. Al no verla detrás de la barra y tras controlar con éxito el acceso de desazón profunda, me hice la idea de que quizá estaba en la planta de arriba, barriendo el suelo, limpiando alguna mesa, o realizando, en fin, cualquiera de esas labores tan excitantes que realizan las camareras.
Le dije lo que quería a un chico con gorra y más granos que ideales (esto último lo tuve que suponer) y tras recoger el pedido subí a la segunda planta, desde donde se podía disfrutar de unas vistas bastante peculiares de la calle, una de las más transitadas de aquella zona de la ciudad, y donde, sobre todo, me estaría esperando, según la imagen que había creado en mi mente mientras esperaba el café y la porción de tarta, la camarera del wonderbra dental.
Pero arriba no había nadie. La planta estaba totalmente desierta, a excepción de una mesita al fondo, al lado de los servicios, donde dos adolescentes desayunaban donuts y miradas. Qué pamplina, pensé, escaparse del colegio para ir a desayunar. Pero de pronto me pareció el acto más romántico del mundo y no pude evitar sentir un poco de envidia de la insana, caso de existir aquella que llaman envidia sana.
Me imaginé desayunando con la camarera, pero dado mi caracter precisionista, en mi fantasía yo tenía los dieciséis años de los chavales de la situación real y mi acompañante era apenas un feto, sentado en la silla enfrente de mí, atado a un hilo umbilical infinito que se iba a perder entre las tuberías de la cafetería, uniéndola así con el establecimiento y alimentándose de él como en una especie de aprendizaje prenatal que la cualificaba para el futuro.
La idea me desconcertó y me excitó a partes iguales, de modo que tuve que tomarme uno de los ansiolíticos que siempre llevo encima para casos como ese.
La calle estaba especialmente llena ese día, personas que iban de un lado para otro y que a mis ojos adquirían cierta condición de autómatas, perdiendo el carácter individual inerente al ser humano, formando una masa de pensamientos, o más bien obsesiones, colectiva. La idea de estar dentro de la cafetería me tranquilizaba de la misma manera en que me tranquilizan las desgracias de mis pacientes, aunque en aquél caso, yo no estaba dentro ni tampoco fuera, sino que actuaba com frontera, como cómplice a la vez de la mente ajena y la realidad, también ajena, esto es, siendo juez y parte a un tiempo. Pensé en la eficacia del ansiolitico y me centré en la tarta, de la que di buena cuenta antes de ponerme con el café, que más que un café era una excusa, y que más que una excusa, era un reflejo de mí mismo.
Al primer sorbo no noté nada, pero al segundo me di cuenta de que el café no sabía como otros días, que, sin haberle echado azúcar sabía dulce como dulces sabían los pezones de la camarera en mis fantasías, pensamiento que me gustó y que me hizo tragar el brebaje de una vez, pese a que siempre he preferido el café bien amargo.
Y allí estaba ella, pequeña, minúscula, recogida sobre sus rodillas, mirándome, dentro de la taza de café, asustada, inquieta. No daba crédito. Pensé que aquello no era más que una visión, una alucinación, algo irreal, tal vez esté sugestionado por la reciente lectura de la última novela de Millás, pensé buscando una explicación racional a aquello, tal vez no soy capaz de concebir mi estancia en la cafetería sin su presencia, y mi mente se venga de esta manera.
Pero la versión liliput de la camarera era completamente real, esa mirada, ese recogimiento, no había duda, era una mujercilla de carne y hueso. Miré a mi alrededor preocupado porque los prófugos adolescentes se hubieran percatado de que algo había de extraño dentro de mi taza, pero ya se habían ido y nadie ocupaba su lugar.
Me la metí en el bolsillo del pantalón, con todas las precauciones necesarias para no herirla, porque se me había echado la hora encima y el próximo paciente estaba a punto de llegar a mi consulta, y porque total, era el último paciente del día y ya tendría tiempo después para investigar a fondo aquél extraño y atractivo ser, ya tendría tiempo de confesarle mi amor (que era mucho mayor ahora, según las leyes del relativismo) y sobre todo, de preguntarle cómo había llegado a mi taza, y por qué era ahora tan pequeña, aunque esto último no me importaba demasiado porque siempre me ha interesado más la esencia que lo que no es la esencia, y porque a fin de cuentas, ella no era ella sino una versión distinta de ella misma. O eso pensaba yo.
Llegué a la consulta a tiempo y escuché con escasa atención al tipo que tenía enfrente, llevándome la mano al bolsillo de cuando en cuando para asegurarme de que la liliputiense camarera se encontraba bien. El paciente se fue al fin y tras despedirlo con cierta vehemencia cerré con llave la puerta del apartamento donde tengo instalada la consulta y me apresuré a rescatar a mi mini amada de su oscuro e improvisado cautiverio.
Desenvolví con cuidad el pañuelo de papel donde la había enrollado, como si de una pieza de una delicada vajilla se tratase, pero la camarera, o lo que fuera que aquello fuese, ya no estaba allí. Qué gilipollas, pensé, ha sido todo una alucinación; debería empezar a ir a un psiquiatra. Pero el bolsillo del pantalón tenía un diminuto agujero, con los hilos aún supurando.
En fin.
lunes, 22 de noviembre de 2010
Que rime
Cuando algo empieza como empezó lo nuestro, sólo hay dos posibilidades: Que acabe fatal, o que acabe genial. Que rime. Fatal, Genial. Que rime. Lo nuestro, por supuesto, ha acabado genial. O a empezado, más bien. Termina para empezar. Algo así como el embarazo y la vida. O como la vida y la vida eterna. Qué lío. Tú y yo lo entendemos, creo, y eso es suficiente.
Y funciona tan bien porque es una relación muy intelectual. Intelectual. Genial. Que rime. Una relación de manos, de ojos. De tacto, de miradas. Una relación de paseos, de tomar fotografías con réflex analógicas. De risas, de dolores de cabeza. ¿Dolores de cabeza? Dolagial. Dolagial, Intelectual, Genial. Que rime.
Ahora toca eternizarlo, suavizar los accidentes costeros, tranquilizar los desatinos.
Para siempre. Para nunca más.
Y funciona tan bien porque es una relación muy intelectual. Intelectual. Genial. Que rime. Una relación de manos, de ojos. De tacto, de miradas. Una relación de paseos, de tomar fotografías con réflex analógicas. De risas, de dolores de cabeza. ¿Dolores de cabeza? Dolagial. Dolagial, Intelectual, Genial. Que rime.
Ahora toca eternizarlo, suavizar los accidentes costeros, tranquilizar los desatinos.
Para siempre. Para nunca más.
martes, 9 de noviembre de 2010
La noche granaína
Hay mucho de ti
en el fresco
de la noche granaina.
En el viento,
en la lluvia aunque no llueve,
en los semáforos en verde
y en los escotes en ámbar.
Atención, curvas.
Atención, zurdas.
Hay mucho de ti
porque no estás,
porque no duermo.
Hay mucho pero también faltas,
porque no estoy,
porque no duermes.
Se aferra la ilusión a lo soñado.
Granada, temblor, gran vía.
Granada, pasión, arden caminos.
Hay tanto de ti
en la noche granaina
que mejor será
empezar a disfrutar(te)
sábado, 30 de octubre de 2010
Sábado por la mañana
Es sábado por la mañana, con todo lo que eso implica. El dolor de cabeza, el leve ardor de estómago, las magdalenas con café instantáneo, y sobre todo, la incomodidad que provoca una extraña invadiendo mi mañana del sábado. He soñado contigo, después de todo. Abrazado a ella, pero he soñado contigo. Ahora las cosas se ven de otra manera. Será por la claridad del sol entrando por las ventanas.
-Oye... despierta. Despierta, que mis amigos están a punto de llegar. -No se despierta.
Y aquí estoy yo, emborronando una hoja de papel virtual mientras una petarda cualquiera de cuyo nombre no puedo acordarme, duerme en mi cama. Y mientras tanto, tú, a cientos de kilómetros de aquí, seguramente también frente al ordenador, seguramente escribiendo algo parecido a esto, echándome tanto de menos como de más me echabas hace escasamente un par de horas (igual que yo a ti).
Definitivamente, y por mucho que las sábanas de mi cama y la cara de satisfacción de la morena que las habita digan lo contrario, el sexo ya no lo es todo.
lunes, 25 de octubre de 2010
El mundo y el orden alfabético
Conocí a una chica hace cosa de año y medio, en una mesa redonda en la que se trataba la obra de Hemingway y la influencia que Cuba ejerció sobre ésta. Yo participaba en el debate y ella había acudido como espectadora. Durante la última parte de la sesión, en la que se entregaba un micro al público y se le permitía intervenir, ella no paró de hacer preguntas de una importancia temática relativa y una trascendencia a todas luces nula. Tanto, que no pude evitar imaginármela en un planeta con tres volcanes (uno de ellos inactivo), un cordero sin bozal y una flor. Al acabar, la chica se me acercó y me comentó que no conocía la obra de Hemingway, pero que había leído al menos tres biografías de él. Y ahí fue cuando me enamoré de ella.
Me ofreció ir a tomar un café y no pude decir que no. Una semana después ya habíamos compartido la cama más veces de las recomendables, y quince días más tarde ya nos habíamos instalado el uno en la rutina del otro como si llevásemos años conociéndonos. Y tal vez ese fue el problema. Pasaban los días y sólo nos mantenía atados el sexo y nuestra mutua pasión por las novelas de Juan José Millás.
Pero en fin, hasta del sexo se cansa uno, y así, poco a poco, con la única excusa de Millás para nuestros encuentros, nos fuimos dando cuenta de que la soledad era precisamente eso. Después de casi once meses de conversaciones sobre Vicente Holgado, Elena Rincón, realidades paralelas, y hombrecillos que se esconden en los cajones de la ropa, me sorprendió una tarde intercambiando posturas con otra chica y aquello pareció dolerle más de lo esperado. O quizá fuese una excusa. La chica tenía bastante condición de excusa, así que no me extrañaría demasiado.
Y no sé, será por mi carácter melodramático, pero eso fue lo que más genial y poético me pareció de todo al fin y al cabo: Despechada, ella se apropió de mi orden alfabético, despojándome de la posibilidad de seguir escribiendo, anulando mi capacidad narrativa y sumiéndola en un completo caos, donde todas las letras andaban vagando sin sentido, unas debajo de otras sin una clasificación clara, todo manga por hombro, y yo, harto de sus devaneos emocionales, de sus constantes idas y venidas del dolor a la cordura, del placer a la locura, de su mente al mundo, de su mundo al mío, cansado de sus perpetuas intermitencias, decidí simbolizarlo todo en otra novela del gran Millás, y le devolví El mundo, su mundo, con todo lo que aquello englobaba.
Y desde entonces no he vuelto a saber nada de ella. Cuando los objetos dejen de llamarme quizá empiece a buscarla de nuevo.
Me ofreció ir a tomar un café y no pude decir que no. Una semana después ya habíamos compartido la cama más veces de las recomendables, y quince días más tarde ya nos habíamos instalado el uno en la rutina del otro como si llevásemos años conociéndonos. Y tal vez ese fue el problema. Pasaban los días y sólo nos mantenía atados el sexo y nuestra mutua pasión por las novelas de Juan José Millás.
Pero en fin, hasta del sexo se cansa uno, y así, poco a poco, con la única excusa de Millás para nuestros encuentros, nos fuimos dando cuenta de que la soledad era precisamente eso. Después de casi once meses de conversaciones sobre Vicente Holgado, Elena Rincón, realidades paralelas, y hombrecillos que se esconden en los cajones de la ropa, me sorprendió una tarde intercambiando posturas con otra chica y aquello pareció dolerle más de lo esperado. O quizá fuese una excusa. La chica tenía bastante condición de excusa, así que no me extrañaría demasiado.
Y no sé, será por mi carácter melodramático, pero eso fue lo que más genial y poético me pareció de todo al fin y al cabo: Despechada, ella se apropió de mi orden alfabético, despojándome de la posibilidad de seguir escribiendo, anulando mi capacidad narrativa y sumiéndola en un completo caos, donde todas las letras andaban vagando sin sentido, unas debajo de otras sin una clasificación clara, todo manga por hombro, y yo, harto de sus devaneos emocionales, de sus constantes idas y venidas del dolor a la cordura, del placer a la locura, de su mente al mundo, de su mundo al mío, cansado de sus perpetuas intermitencias, decidí simbolizarlo todo en otra novela del gran Millás, y le devolví El mundo, su mundo, con todo lo que aquello englobaba.
Y desde entonces no he vuelto a saber nada de ella. Cuando los objetos dejen de llamarme quizá empiece a buscarla de nuevo.
lunes, 18 de octubre de 2010
Diálogo volátil
Dialogar con tus fotografías
no es menos placentero
que hacerlo contigo.
Eres una chica volátil, una
especie de teléfono con alas,
un jarrón de agua fría
bajo el sol de Agosto.
Eres una ilusa, ilusionista más bien,
que juegas a hacer desaparecer
mi sonrisa pendularmente,
al ritmo que marcan tus caderas.
Al fin y al cabo,
si mezclamos el tú
y el yo,
nos queda un simple
to y otro absurdo yú.
no es menos placentero
que hacerlo contigo.
Eres una chica volátil, una
especie de teléfono con alas,
un jarrón de agua fría
bajo el sol de Agosto.
Eres una ilusa, ilusionista más bien,
que juegas a hacer desaparecer
mi sonrisa pendularmente,
al ritmo que marcan tus caderas.
Al fin y al cabo,
si mezclamos el tú
y el yo,
nos queda un simple
to y otro absurdo yú.
domingo, 17 de octubre de 2010
Tu lugar de apariciones
Sin tener en cuenta las concepciones espacio - temporales que reinan en el saber científico de nuestros días, te has presentado en mi mente esta mañana y me has invitado a tomar un helado, oferta que he rechazado en parte por miedo y en parte por piedad. Piedad de mi pasado, c'est a dire. Y luego has buscado consuelo en la televisión, que has encendido sin más permiso del que le corresponde a quien ha sido dueño de algo hasta hace bien poquito. Pero no te ha valido, y la has apagado pronto. Luego has buscado en la biblioteca pero nada te ha sido suficiente: Los mejores libros de mis estanterías, al igual que los mejores versos de mis poemas, se quedaron en Sevilla, al lado de tu cama, encima de tu mesilla de noche y debajo de todas esas fotos que tenías rodeando tu vida, tu día, tu noche.
Decepcionada, has intentado besarme; pero entonces la radio ha empezado a escupir algo de Woody Guthrie y ya te he perdido la pista. Si quieres que charlemos, tu lugar de apariciones sigue disponible.
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sábado, 16 de octubre de 2010
La vida
La vida es un flashback que se repite,
el convite de una boda de penalti,
un lobo que devora caperuzas,
una fábula que degenera con los años,
un apaño, un zurzido, una chapuza.
La vida es un barman que te replica,
el verdugo que mató a Roberpierre,
un crupiere que va con otro,
un engaño que envenena las mentiras,
un adios, un ataud, una locura.
La vida es una pena inmerecida,
una ruina, una deuda,
un batido de bilis y mercurio,
una injuria, una patraña, un cuento,
un invento de Satán, un pellizco del creador,
una lágrima, una tilde, un vómito.
el convite de una boda de penalti,
un lobo que devora caperuzas,
una fábula que degenera con los años,
un apaño, un zurzido, una chapuza.
La vida es un barman que te replica,
el verdugo que mató a Roberpierre,
un crupiere que va con otro,
un engaño que envenena las mentiras,
un adios, un ataud, una locura.
La vida es una pena inmerecida,
una ruina, una deuda,
un batido de bilis y mercurio,
una injuria, una patraña, un cuento,
un invento de Satán, un pellizco del creador,
una lágrima, una tilde, un vómito.
lunes, 11 de octubre de 2010
Una carta equivocada
El mes pasado llegó una carta equivocada a casa y tuve la tentación de abrirla para desvelar su contenido. Algo me decía que dentro de ese sobre estaban todas las respuestas que llevaba años buscando. ¿Qué habría pasado si?, ¿cuándo fue que? ¿por qué al final no?. Pero como sabía que, además de inmoral, era ilegal, decidí vencer la curiosidad y ocuparme con otros asuntos.
Pasaban las horas, los días, y la carta, abandonada en un estante de la biblioteca, parecía mirarme con cierto asco, como compadeciéndose de mí, por no ser lo suficientemente valiente como para desnudar un trozo de papel. La curiosidad y la angustia de saber que no debía leer aquella carta no me dejaba conciliar el sueño ni una noche, y lo poco que dormía era para imaginar que la abría, sí, que al fin la abría y que era entonces testigo de la resolución de todos los grandes misterios de la humanidad. Otras noches me gustaba fantasear con la idea de que era una carta enamorada, parte de una correspondencia entre amantes, y que estaba llena de poemas y de frases hechas tópicamente bonitas.
Pero la curiosidad pasó poco a poco a convertirse en obsesión, hasta que esta mañana, después de ataviarme con la ropa de mi mujer (el destinatario de la carta era femenino) para disimular la culpa, por fin he liberado la angustia.
Si quieres saber lo que ponía, te espero en el café Elvira a las siete.
Pasaban las horas, los días, y la carta, abandonada en un estante de la biblioteca, parecía mirarme con cierto asco, como compadeciéndose de mí, por no ser lo suficientemente valiente como para desnudar un trozo de papel. La curiosidad y la angustia de saber que no debía leer aquella carta no me dejaba conciliar el sueño ni una noche, y lo poco que dormía era para imaginar que la abría, sí, que al fin la abría y que era entonces testigo de la resolución de todos los grandes misterios de la humanidad. Otras noches me gustaba fantasear con la idea de que era una carta enamorada, parte de una correspondencia entre amantes, y que estaba llena de poemas y de frases hechas tópicamente bonitas.
Pero la curiosidad pasó poco a poco a convertirse en obsesión, hasta que esta mañana, después de ataviarme con la ropa de mi mujer (el destinatario de la carta era femenino) para disimular la culpa, por fin he liberado la angustia.
Si quieres saber lo que ponía, te espero en el café Elvira a las siete.
sábado, 2 de octubre de 2010
Ana en la sección de congelados
En la sección de congelados, entre los helados y las alitas de pollo, a veinte pasos de la leche semidesnatada y treinta y cinco del pan de molde, Ana siente en este preciso instante cómo el corazón, en un inexplicable ataque contra las leyes naturales, le trepa por la tráquea para posársele, tras unos segundos descansando en la garganta, en la sien. Se le acelera el pulso y las piernas le tiemblan. Los labios le vibran y los ojos se humedecen. Sus manos quieren decir sí pero opinan tal vez, o ya veremos. Las rodillas se ponen en huelga, el pelo hace lo posible por huir, y sus pechos, ah, sus pechos se encogen hasta hacerse diminutos, del tamaño de un guisante enano. La falda se vuelve negra y la blusa, gris. Los pensamientos se reorganizan, giran, revolotean, se enfurecen, alguno llora, otros bailan y todos se desorientan. ¿Qué hace aquí? ¿Cuándo ha llegado a la ciudad? ¿Por qué no me ha avisado? ¿Por qué iba a avisarme? Un momento... ¿Es él? Sí, claro que es él, no le ves, esa forma de vestir, esos pelos, a ver si se gira... ¿Pero qué hace en este supermercado, si siempre despotricaba de que era el más caro, el que menos derechos laborales ofrecía a sus empleados? Bueno, la gente cambia... Han pasado... ¿siete años? ¿ocho? No, tampoco tanto, creo que no llega ni a cinco... Pensándolo mejor creo que hace más de diez. Dios mío, si ya me había olvidado de él... Hace siglos que no viene a mi mente. Parece que se gira. No, mierda, ¡gírate! Ahí lo tenemos. Dios mío, es él. ¡Es él! Tengo que huir, no puede verme, no así, no aquí, no ahora, joder. ¿Qué carajo hace en la ciudad? ¿Cuándo habrá llegado? ¿No será que se ha instalado aquí? Lleva anillo. Se ha casado. ¿¿Se ha casado?? ¡Será mamón! Nos prometimos matrimonio el uno al otro, cap pas cap, inútil, ¿ya no te acuerdas? ¡Me dijiste casémonos y te dije cap! Putos juegos infantiles... Seguro que su mujer es una gorda. O al menos una frígida. O peor aún, seguro que su mujer jamás ha oído hablar de Solzhenitsyn, ni de Pasternak. Y mucho menos de Bulgakov. Y seguro que es de derechas. Cómo has cambiado, corazón. Te has vendido ante un par de tetas. Porque seguro que tiene las tetas más grandes que las mías. Tampoco es difícil, pero él decía que eran preciosas, que eran las tetas perfectas, que no eran ni demasiado grandes ni demasiado pequeñas. Pero yo sé que lo decía para animarme, porque siempre he tenido un poco de complejo. ¡Pero qué importa cómo tenga las tetas, si es una inculta! Siempre le has dado prioridad a la literatura rusa, ¿qué ha pasado? ¿Y ha tenido la poca vergüenza de venir aquí, a la ciudad donde nos conocimos, donde vivimos lo más intenso de nuestra relación, a instalarse con esa pelandrusca? ¿Habrá tenido hijos? Era su sueño, tener dos niñas. Yo prefería niño y niña, pero lo veía tan ilusionado hablando de sus dos futuras pequeñas, que me entraron ganas de que todo saliese como él quería, incluso por encima de las ganas que tenía yo de parir un varón. Seguro que ella es estéril. A lo mejor está aquí por negocios. ¿En qué trabajará ahora? No, no creo que esté trabajando. Al menos, no en un trabajo convencional. Nunca fue una persona convencional. Dios, me va a estallar la cabeza.
-¡Hombre, Ana, qué sorpresa!
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A ver qué pasa
La memoria es un bien propio,
una querencia ajena,
un extravío de la sinrazón.
Y por eso, recordarte es pasearse como
Julio por su casa
por un libro de Cortázar,
asiendo y deshaciendo al antojo,
cerrando los oídos,
disimulando con la nariz.
Tu memoria es un espejo,
mi recuerdo un insolente;
Pídeles que no se amen,
ya verás,
ya,
a ver qué pasa.
una querencia ajena,
un extravío de la sinrazón.
Y por eso, recordarte es pasearse como
Julio por su casa
por un libro de Cortázar,
asiendo y deshaciendo al antojo,
cerrando los oídos,
disimulando con la nariz.
Tu memoria es un espejo,
mi recuerdo un insolente;
Pídeles que no se amen,
ya verás,
ya,
a ver qué pasa.
viernes, 1 de octubre de 2010
Marzo en Madrid
Me quitaste las ganas de seguir
follando, me robaste la virtud
virtuosa de la pelvis y el parchís,
la receta del orgasmo y el cus-cús.
Me dejaste pelada la nariz,
como la cáscara de un altramuz,
vacío, como un pistacho sin abrir,
como unos ojos que no despiden luz.
Te costó retenerme junto a tí,
aceptar que era sexo sin calor,
me costó el llorar después de ti.
Te costó seis vidas aquel desliz,
gatita negra que me arañó,
y yo no volví en Marzo a pisar Madrid.
follando, me robaste la virtud
virtuosa de la pelvis y el parchís,
la receta del orgasmo y el cus-cús.
Me dejaste pelada la nariz,
como la cáscara de un altramuz,
vacío, como un pistacho sin abrir,
como unos ojos que no despiden luz.
Te costó retenerme junto a tí,
aceptar que era sexo sin calor,
me costó el llorar después de ti.
Te costó seis vidas aquel desliz,
gatita negra que me arañó,
y yo no volví en Marzo a pisar Madrid.
Cuando me suicide II
Cuando me suicide, amor,
guarda las fotos en las que salgo
debajo de la cama,
o detrás de los espejos,
o entre tu páncreas y mi hígado,
o mejor quémalas
a fuego lento,
mientras suena algo de Sabina,
y me tiras luego al río
y te tiras tú conmigo.
Cuando me suicide, amor,
introdúcete en mis fotos
y arrópame, acaríciame,
que me haces falta.
guarda las fotos en las que salgo
debajo de la cama,
o detrás de los espejos,
o entre tu páncreas y mi hígado,
o mejor quémalas
a fuego lento,
mientras suena algo de Sabina,
y me tiras luego al río
y te tiras tú conmigo.
Cuando me suicide, amor,
introdúcete en mis fotos
y arrópame, acaríciame,
que me haces falta.
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miércoles, 1 de septiembre de 2010
¿No?
biffy clyro
laroux
muse
the hidden cameras
you slut!
be your own pet
mgmt
the king blues
frank turner
the wombats
the maccabees
christina rosenvinge
hypnotic brass ensemble
daft punk
justice
laroux
muse
the hidden cameras
you slut!
be your own pet
mgmt
the king blues
frank turner
the wombats
the maccabees
christina rosenvinge
hypnotic brass ensemble
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justice
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