De la misma manera en que
los laboratorios
cocinan drogas juveniles,
tú,
en mi mente
(en el mar, quiero decir),
te has ido formando como un pez
masticable y paisajístico,
como una cortina de humo
de cigarro negro,
como un velo indiferente,
como una excusa,
como un pez,
como una excusa.
De la misma forma en que
la luz viaja,
igual, igual,
igual que una pandemia
de tristeza,
igual, igual,
te me apareces en los sueños.
Seria, callada, provocativa:
Eres
(o aparentas ser)
una excusa.
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sábado, 17 de julio de 2010
jueves, 17 de junio de 2010
Marina y el mar
Marina, por extraño y paradójico que resultara, nunca había visto el mar. Vivía en una zona cualquiera del interior y llevaba a cuestas la cruz de su nombre, mentiroso. Marina, se decía, y el eco de su mente le devolvía el aroma de la playa que había ido creando en su imaginario particular. Un día conoció a un chico muy guapo y muy alto, de ojos azules y manos enormes que se llamaba Julio, y que, pese a su nombre, había nacido en Febrero. Estuvieron toda la noche bromeando sobre lo desafortunado de sus respectivas onomásticas, y al final, como no podía ser de otra forma, acabaron conjugados en el asiento trasero del coche de él, y justo antes del primer orgasmo, Marina, mientras miraba fijamente los ojos de Julio le dijo: “así, así, mírame así, que me parece que ya estoy viendo el mar...”
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